Alejandro Zuy
09 Mar
09Mar

Una sombra fugaz atraviesa la mesa donde desayuno en Ragazzi. Esta aparición impertinente hace que distraiga mi atención de una lectura ocasional y eleve la vista en busca de su causa. Por el rabillo del ojo llego a ver a una moza atribulada que ha arribado a cumplir su turno evidentemente con cierto retraso. Cuando la reconozco, sonrío para mis adentros ya que percibo cierta coherencia entre esa entrada y la principal característica de su servicio que resulta ser su tendencia crónica a no llevar el tempo.

Ahora bien, a esta extraña cualidad se le añade otra más amable: su particular fisonomía. Su rostro juvenil y su menuda anatomía me hacen recordar a la Audrey Hepburn de Charada pero bien podría imaginarla incluso, en alguna de las primeras películas en blanco y negro de la Nouvelle Vague. Algo que me encantaría decirle pero que su errático principio de continuidad me lo impide.

En la adorable Audrey también puedo detectar ciertos desfasajes: nació en Bélgica pero se la reconoce mundialmente como británica, su apellido original no era Hepburn sino Ruston y si bien en el imaginario popular ha quedado como un ícono de la candidez, de adolescente tuvo participación en la resistencia antinazi, lo cual me hace caer en la cuenta, al igual que en el artesanal film de Stanley Donen, que en el reverso de las apariencias aguardan aristas dignas de conocerse

En tiempos donde se valora algo denominado glamour, es decir, la consagración de la estética de la vulgaridad y del disforia de clase, destaco en Audrey -Givenchy mediante o no- su sofisticación . Atributo no exclusivo de una clase social, honorable desde mi humilde entender, que parece haber quedado relegado o a ser escrutado con recelo.

Levanto la vista esta vez para ver la ciudad que me rodea; metrópolis pensada desde el siglo XIX como un remedo desfasado de modelos de otro continente, urbe cuyos intentos de modernización han aspirado -por suerte en vano- a materializar simulacros que no obstante han dejado en su derrotero algunos jalones de excelencia. En contraste, la ambición visible en las intenciones del presente parece empecinada en borrar todo rasgo de sofisticación para convertirse en puro desatino sin reverso.


IMAGEN Audrey Hepburn, Charada, 1963


Alejandro Zuy

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